lunes, 3 de diciembre de 2012


Diario de Itatí Ahuanari


Nací en una comunidad Guaraní, hasta donde recuerdo gastaba mi tiempo en jugar con mis pares, mi escuela eran manualidades, y mi familia en comparación de otras no era tan numerosa. A los 6 años fui interrogada por hombres vestidos de negro, mis respuestas fueron ciertas, pero no acertadas.
Aquella misma tarde permanecí apartada de mis amigos quienes continuaban su rutina, y los hombres seguían en mi casa, poco a poco cayó la noche y mis ojos se apagaron.
Al día siguiente no me encontraba en mi lugar, dormía sobre una cama junto a otros niños quienes parecían igualmente sorprendidos.
Docenas de parejas visitaban en el día aquel lugar, donde me exhibían cual jarrón cerámico. De entre los niños, llego el día en el cual me eligieron. Cambié de vivienda, tenía otros padres, otra vida.
Comencé la escuela, ya no se basaba en cestería y cerámica, mis compañeros eran diferentes, lucían diferentes, hablaban diferente. El cambio había empezado.
El doctor me pinchaba reiteradas veces el hombro, pero no dolía. Las clases de castellano eran el lugar donde mas cómoda me sentía, mi maestra me acompaño en el transcurso del cambio, me hacia sentir en casa.
Mi vestimenta era diferente, al principio me negaba, pero con el tiempo no quedo más opción que adaptarme.
Crecí en la ciudad capital de Salta, y recibía una buena educación, con el pasar de los años pensaba diferente, ya mi cultura había quedado en el olvido.
Ya no vivía en la sociedad donde mi mayor preocupación era que mis pinceladas  en el cerámico sean prolijas, me vi bombardeada, mi ropa era la mayor preocupación, gustarle a Federico.
Ya terminado el secundario mis pensamientos se focalizaban en mis raíces, mi interés por volver había cambiado mi mente. Quise volver y ver a mis padres biológicos, ver mi origen, y así fue.

Por Franco Nahuelpan

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